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Erase una vez.... porque es así como empiezan todos los cuentos, una mamá. Era la mamá más feliz del mundo porque tenía dos luceros que iluminaban cada uno de sus días cuando la sonreían. Eran dos niñitos muy chiquitos, Diego que tenía 4 años y ya se consideraba el hombre de la casa, y Miguel que con sus casi dos años era todo simpatía, ternura, sensibilidad y amor y día a día le iba haciendo más sombra a su hermano a medida que era consciente de sus gracias. Aún así, entre ellos se querían más allá de cualquier límite, hasta el extremo de que no soportaban estar separados el uno del otro más que las horas en que Diego debía asistir al preescolar.
Aquella mañana amaneció como cualquiera otra de las mañanas, sin embargo algo raro se respiraba en el ambiente. A pesar de que Diego asistía siempre con mucha alegría al colegio, (adoraba a sus niños, así llamaba él a sus compañeros de clase de los que se consideraba como una especie de patriarca, siempre estaba defendiendo al más débil... claro que eso no libraba de que de vez en cuando ,con más frecuencia de la deseada, fuese un niño travieso e inquieto), aquella mañana se negaba a asistir, no quería levantarse y en sus ojos se leía el miedo, un miedo a algo indefinido, que aún no tenía forma. La mamá, a pesar de que habitualmente era muy activa, aquella mañana todo parecía ralentizarse, como si algo o alguien quisiera ponerla sobre aviso, sin embargo, haciendo caso omiso a todas aquellas "señales" y a pesar de que siempre había tenido un sexto sentido muy agudizado decidió proseguir adelante como todas las mañanas; terminó de arreglar a los niños y como de costumbre, se desplazó hasta el colegio.
La mañana transcurrió tranquila, un sol resplandeciente iluminaba el cielo, así que decidió arreglar los geraneos de su terraza bajo la atenta mirada de aquellos ojillos inquietos que siempre estaban reclamando su atención. A medida que iba transcurriendo el tiempo iba desapareciendo esa horrible sensación con la que había amanecido y cuando llegó la hora de recoger a Diego a las 2 de la tarde, ya había desaparecido por completo...

Mamáaaaaaaaa, hola mamáaaaa... Diego salió disparado, como era su costumbre, le encantaba correr y jugar un rato con sus amigos antes de retomar el camino a casa, no sin antes estampar un sonoro beso en las mejillas de su mamá. Casi era ya una rutina diaria.
Era comienzos de Mayo, las flores ya empezaban a alfombrar los verdes prados que rodeaban el colegio y mientras la mamá de Diego charlaba animadamente con su mejor amiga Mar. Diego y Belén su amiguita desde que nació, iban saltando de flor en flor tratando de recolectar un pequeño ramillete para sus mamás, claro que algunas margaritas solo se quedaban en el intento porque eran "guillotinadas" y no llegaban al ramillete con su respectivo tallo... Belén, como el decía era su "muy mejor amiga", y además también asistían juntos al colegio lo que los unía aún más.
Había que cruzar varios pasos peatonales en los 20 minutos de trayecto a casa, el primero de ellos a la salida del parque que bordeaba el colegio. Diego cogió como de costumbre la mano de Belén y esperaba atento la señal de mamá que tiraba de la silla de Miguel. La gente que esperaba comenzó a pasar y ante el consentimiento de mamá Diego y Belén que iban delante de la silla comenzaron a pasar también seguidos de mamá...
Décimas de segundo y esa horrible sensación volvió con más intensidad que durante la mañana. Miedo, oscuridad, rápidamente giró la cabeza nuevamente para mirar a ambos lados de la calzada y vio cómo un camión venía a gran velocidad y sin intención de parar. Apenas tiempo para reaccionar, un tirón atrás de la silla, un grito de advertencia a los niños que también se retiraron atrás... y el camión pasó volado. Sin embargo la fuerza centrifuga de las ruedas arroyó aquellos pequeños cuerpecillos rodando por el asfalto. Una gran frenada dejó hondas huellas marcadas en la carretera varios metros después del paso peatonal y un cuerpo inconsciente yacía en el asfalto...
Un grito surgió de su garganta desgarrando su interior. Mil sensaciones se agolparon por su mente. Toma drástica de decisiones en décimas de segundo.... ¿Belén?, se levanta esta bien. ¿Miguel?, es menos importante ahora, seguramente Mar se haría cargo de él.
La mamá salió corriendo a recoger a su pequeño del asfalto, no había tiempo para llorar, no había tiempo para lamentarse. ¿Estaba vivo? aún respiraba... ¡Dios mío! ¡había tanta sangre! No acertaba a averiguar de donde salía. Alguien se ofreció, - tranquila, coge al niño, lo llevaremos al hospital.- Al tomar al niño en brazos, un enorme chorro de sangre salió a borbotones de su cabeza. Estaba tan asustada... y dos manos ofrecieron una chaqueta para taponar aquella brecha.
Todo transcurrió muy rápido y ya casi llegaban al hospital cuando Diego despertó. Gritos, llantos, más gritos, ¡le dolía tanto! No reconocía, no veía, estaba muy asustado, sólo parecía calmarse al oír aquella voz tranquila, sosegada, que le hablaba amorosamente. Al fin en el hospital, todo carreras, médicos, enfermeras, celadores...
El mundo se hundía a sus pies, todo su mundo parecía desaparecer por momentos, una terrible angustia, dolor punzante en el corazón, y ganas de morirse con su bebé, si el no estaba su vida no tendría ya ningún sentido.

De repente, una voz la sacó de aquellos oscuros pensamientos...
- ¿Es usted la mamá de Diego?
Apenas logró articular un si.
- ¡Acompáñeme! Su hijo no colabora y es imposible sujetarlo, es necesario hacerle pruebas y la llama sin cesar.
Sus pasos siguieron rápidos a los de aquella mujer y al fin estaba con su pequeño. Mi amor... tranquilo, no tengas miedo, mamá esta ya contigo. Tranquilo cariño mío...
Ante la voz sosegada y tranquila de aquella mamá, el niño parecía reaccionar y los médicos actuaron con rapidez. Análisis, radiografías de todo su cuerpecito. Cuando parecía que habían terminado con las radiografías la mamá puso una mano en el costado derecho de su hijo, y con ese instinto que sólo una madre tiene le dijo a los médicos:
- ¿No se olvidan de algo? a este niño le suena el pecho como si tuviera una olla dentro.
Rápidamente procedieron a hacer radiografías de sus pulmones. Luego de eso, la invitaron amablemente a esperar fuera mientras una voz decía:
- Es increíble la sangre fría que tiene esta mujer, es admirable su entereza.
... y se lo llevaron. Más tarde, la mamá supo después de que le hicieran scanner cerebral que había fractura de cráneo como diagnostico más urgente, además de quien sabe que otra cosa más pues al niño le habían sobrevenido vómitos de sangre.
Ante la gravedad del caso y la carencia de medios en el hospital, decidieron hacer el traslado del niño en una UVI móvil a la capital de la provincia.
Al fin había llegado el papá de Diego, y la mujer pareció desmoronarse en un momento. Después de un enorme abrazo emprendieron el camino hacia el "Hospital Central" situado a algo más de 30 km de donde se encontraban. Al llegar, una nueva entrevista con los médicos la habían sumido en la desesperación, una desesperación que llevaba en su interior, y que solo el brillo de sus ojos oscuros dejaban traslucir de vez en cuando.
Diego está en estado de coma, ha tenido una hemorragia subaracnoidea temporal derecha, ha sido necesario intubarlo y practicarle la respiración asistida... las palabras se oscurecieron. Era incapaz de asimilar más y sin embargo tenía que permanecer entera, su hijo estaba en algún sitio y la estaba necesitando.

Había sido una semana dura, llena de nerviosismo para los niños...
Mamá, mamáaaaaa ¡ya se acerca la Navidad! relataba el pequeño revoloteando a su alrededor como siempre. Era incapaz de estarse quieto un momento. Tenía prisa por beberse el mundo en un instante. Sus enormes ojos almendrados abiertos como platos observaban chispeantes de alegría como se iban sacando una a una todas aquellas bolas de colores que más tarde pasarían a ocupar un lugar en el árbol de Navidad.
Mamá ¿y cuando llega Papá Noel?. Miguel no quería perderse ese acontecimiento, aprovechaba cualquier ocasión con tal de disfrutar de pequeñas dádivas.
- Cariño Papá Noel llega el día de navidad, pero recuerda que a nosotros....
- Siiiiiiiii ya sé mamá, a nosotros sólo nos trae caramelos porque son los Reyes Magos de Oriente los que nos dejan regalitos.
- ¡Ese calcetín lo cuelgo yo! Dámelo mamá, replicó Miguel...
- ¡Yo también quiero colgar el mío, porfaaaaaaaa! Le siguió Diego.
Y mamá contemplaba con una mirada condescendiente las pequeñas disputas de ambos hermanos tratando de ganar terreno a la hora de colocar los adornos.
El árbol a pesar de que tenía buen porte, no era el árbol más afortunado del mundo, cuatro manitas se apuraban en endosarle los adornos y el pobre estaba quedando un poco destartalado, sin embargo los ojos de aquellos pequeños lo contemplaban con adoración...

... Atrás habían quedado enterrados en el olvido aquellos horribles momentos pasados en la sala del hospital, las siguientes 72 horas al accidente hicieron de la mamá una mujer interiormente más vieja.¡Había pasado tanto miedo! No le habían dado ninguna esperanza para su hijo.
Aquellas horas serían decisivas y lo único que jugaba a su favor era precisamente el que se trataba de un niño. De tratarse de un adulto -le había dicho el doctor- ni siquiera superaría ese plazo y en el mejor de los casos si sobrevivía podría ser un vegetal.
Durante los 4 días en que Diego permaneció en coma, fue una sucesión de subidas y bajadas de adrenalina, como si de una montaña rusa se tratase. El niño permanecía dormido plácidamente, y aunque los doctores decían que no se enteraba de nada, la mamá a hurtadillas se acercaba al oído del niño y tocándole una manita y un pie, que apenas era lo único que quedaba libre entre cables, tubos y vendajes le cantaba su canción preferida, muy bajito, con mucho amor:
“Todos los pollitos dicen pío, pío
cuando tienen hambre, cuando tienen frío.
La mamá les busca el maíz y el trigo
les da la comida, les da el abrigo...”
Diego aún estando sedado, respondía con un leve movimiento de hombro y deditos... y el corazón de la mamá daba un vuelco. Su niño estaba ahí, en algún sitio, luchando por volver.
Y la mujer hacía caso omiso cuando le decían:
- Tiene una anemia progresiva. Habrá que hacerle un scanner para determinar si hay hemorragias internas.
Nunca había sido especialmente religiosa, sin embargo, su fe en Dios era inmensa. De modo que decidió dejarlo todo en manos del buen Dios y de su Santina, La Virgen de Covadonga. Y todo parecía que de una forma u otra se solucionaba.
La anemia sólo eran resultas de la enorme pérdida de sangre sufrida, una oportuna transfusión arregló el problema.
- Tiene desplazamiento de cervicales, habrá que ponerle un collarín y ver si el problema se soluciona, sino incluso podría sufrir de paraplejia...
Otra subida y otra bajada. Afortunadamente el collarín solucionó el problema.
- Tiene los pulmones encharcados. Atelectasia basal derecha decían en términos médicos.
La intervención de una fisioterapeuta arregló este contratiempo.
- Tiene una fractura trasversa de peñasco derecho. Es algo delicado dado que todos los nervios del cuerpo pasan por esa zona. Un desplazamiento de esos huesillos rotos podrían provocarle desde una sordera hasta una parálisis de la mitad de su cuerpo. A causa de la fractura craneal tiene una contusión en una pequeña porción de su cerebro, una especie de “papilla” que su organismo debe reabsorber. Ha perdido millones de neuronas y está en una parte inoperable de su cerebro. Las secuelas podrían ser múltiples, desde retraso escolar (llamando así de la forma más suave posible a un posible retraso mental), hasta ataques epilépticos que podrían provocarle la muerte.
La mamá empezó a tener serias dudas de si no serían aquellos médicos los que querrían matarla a ella con tantos sustos.¡Qué grandes eran las espaldas de Dios!.
Cada noche al llegar a casa, en su desesperación se encerraba en el cuarto de baño a llorar en silencio, donde nadie pudiera verla ni oírla. Ella creía que no podría superar aquello, que enloquecería, temía el momento de llegar a la almohada porque antes de dormir a mil por hora se volvían a suceder una y otra vez aquellas imágenes.
¡¡Maldito camión!!...
Pero inexplicablemente, como tocada por la mano de un ángel se sumía en un profundo sueño del que al despertar jamás lograba recordar nada y eso le daba fuerzas para enfrentar el nuevo día.
Habían pasado 8 días desde el accidente. Era el cumpleaños de Diego. Doble motivo para festejar, al final lo sacarían de la UCI, y lo llevarían a planta.
Apenas había llegado a la habitación y ¡Sorpresa! Allí estaban sus profesoras cargadas de paquetes. Todos los niños del preescolar habían colaborado para comprarle a Diego regalos de cumpleaños... Aquel año no lo celebrarían en el colegio pero todos se habían encargado de llevarle el colegio al hospital. Todos los niños habían hecho un dibujo para Diego y Dori su profesora-tutora había puesto la fotografía de cada uno de sus compañeros de clase en un papel que ante la sorpresa y regocijo de su mamá Diego iba reconociendo uno a uno. ¿Se podía ser más feliz?
No hubo persona que en Avilés no lanzase una plegaria por Diego. ¿Y luego cuestionan el poder de la oración? Muchas oraciones, de muchas voces unidas en una sola obraron el milagro en conjunción con la sabiduría de los médicos.
Quince días y Diego ya estaba en casa. Transcurrió algo más de un año, entre idas y venidas a médicos, pero todo estaba ya en el olvido. Era ya su segunda Navidad todos juntos, unidos, atrás había quedado todo aunque la vida familiar ya no sería la misma evidentemente para ninguno de los miembros.
Miguel, que hasta entonces había sido un bebé tranquilo, dulce se convirtió en un niño con un carácter más fuerte y rebelde, el hecho de haber presenciado el accidente de su hermano, el haber vivido “despojado” de los brazos de su madre durante dos semanas, algo inexplicable para él, marcaron profundamente su personalidad.
Los papás, habían envejecido prematuramente en aquellos dos años, sin embargo, habían logrado de nuevo reconstruir su familia.

- ¡El pesebre lo pongo yo! -gritó Miguel.
Esta vocecilla impetuosa sacó a la mamá de sus pensamientos. Tan sólo una reflexión buscando un motivo para hacer de esa Navidad algo realmente especial. Una enorme sonrisa iluminó su rostro y presta se acercó a los niños para ayudarlos a acabar de componer el Belén.
Definitivamente no sería el mejor de los Belenes. Demasiados deditos infantiles por medio. Mientras, canturreaban uno de los villancicos que habían ensayado para el festival escolar:
"En Belén ha nacido un lucero
chiquitín, chiquitín, chiquitín.
Es el niño más lindo del cielo
chiquitín, chiquitín, chiquitín.
Una estrellita del cielo,
Grita con toda su luz
Hoy ha nacido un pequeño,
Hoy ha nacido Jesús.
A llevarle regalos al niño
Melchor, Gaspar y Baltasar,
Una estrella les muestra el camino,
Al portal, al portal al portal.
Hay un ángel que canta en el cielo,
Ha nacido Jesús en Belén,
Los pastores se sientan al fuego,
Con Jesús; con María y José."
M. Lilian Rodríguez
Sábado, 22 diciembre de 2001
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